UN DÍA DE CAZA INOLVIDABLE

Volvemos esta semana con otro escrito por Lino Vázquez Rodríguez , nos relata una historia con un azor que ha querido compartir con nosotros.Os dejamos el interesante documento para que lo podáis leer. Gracias.

 

UN DÍA DE CAZA INOLVIDABLE

Lino Vázquez Rodríguez

 

Años 80.

Durante toda esa semana había estado atrainando a Zorba con escapes de urraca. Todo había ido bien y mi hembra de azor había  manifestado desde el primer momento, unas buenas maneras. Había  atacado a las urracas sin dudar y como recompensa, cómo no, había recibido cada día, una buena gorga. 

Por mi parte, había puesto especial atención en realizar los escapes de la forma más similar a cómo, más tarde, las encontraría en el campo. Aunque sabía de sobra que hasta el azor más torpe, diferencia un escape de una presa natural. 
Lo cierto es que la introducción a la presa, mediante tercias, había ido perfectamente y me pareció que la pájara podía acabar siendo muy buena para las urracas.
Aunque siempre consideré que las hembras de azor son demasiado grandes, para poder cazar urracas con cierta regularidad. Al menos en mi tierra, en dónde la abundancia de grandes árboles y abundante vegetación, proporcionan “grandes heridas” a las  presas. Una vez azoradas, resulta imposible desalojarlas de sus refugios. Además, en la mayoría de los casos, cuándo presa y predador entran al unísono en el embarre, la diferencia de talla favorece claramente la escapatoria de la presa. Esta hembra tenía a su favor su reducido tamaño, de ahí que me decidiera a introducirla y probar con las urracas.

 

Solíamos tener a nuestros azores “a todo”, era la mejor opción para poder cazar con cierta regularidad debido a las características de nuestro terreno, que no favorecía la disponibilidad de presas.
Esa tarde había quedado con Pepe, también azorero y compañero habitual de correrías.
Siempre en las primeras salidas, a caza real, intentábamos que los lances fueran muy ventajosos para el azor. Para ello, buscábamos las urracas a pie de carretera, aquí suelen estar más confiadas y permiten una mayor aproximación. Sin detener el vehículo, lanzábamos desde la ventanilla, para sorprenderlas a pocos metros.
Con todo preparado, nos pusimos rumbo hacia Santa Cristina de Cobres, un pueblo situado a pocos kilómetros de nuestro domicilio. Allí, a pie de costa, el paisaje estaba salpicado de plantaciones de maíz, prados y viñas, lugares muy frecuentados por urracas y cornejas. Al llegar a la zona, preparamos al azor que viajaba en el interior del maletero.
En aquellos tiempos no acostumbraba a utilizar caperuza con mis azores y le transportaba en el maletero. Así evitaba las posibles debatidas al ver raleas durante el trayecto. Tardé muchos años en utilizar la caperuza con mis accipiters. No sabría explicar el porque, tal vez, herencia de los clásicos.
Con todo preparado, azor en el puño y la ventanilla abierta, nos dispusimos a buscar un lance. No eran demasiado abundantes las urracas por allí y a esto había que sumarle la dificultad que entrañaba dar caza a estos hábiles córvidos. Todo resultaba complicado en aquellos terrenos tan sucios. Por lo tanto debíamos aprovechar la mínima oportunidad,  porque no habría muchas más.
Siempre me sorprendió la inteligencia de estas aves. Astutas, desconfiadas y muy difíciles de sorprender. Sin hablar de la rapidez con que aprenden a reconocer el coche del cetrero, a poco que éste acostumbre a frecuentar el mismo cazadero. Creo que no sería exagerado afirmar que se aprenden hasta la matrícula del vehículo.
Tras casi tres cuartos de hora dando vueltas, sólo habíamos visto desde lejos a una pareja de urracas. Pero, debido a la inexperiencia de Zorba, no me pareció  apropiado probar suerte.
Considero que los primeros lances son muy importantes para afianzar al azor. Decisivos para que no se descorazonen y para que siga manteniendo la fe que ganó con los escapes.
Aún era demasiado temprano y apenas había movimiento de aves. Seguramente al caer la tarde, habría más abundancia de urracas y eso nos brindaría más oportunidades de encontrar “un lance fácil”. Aunque creo, sinceramente, que ningún lance es fácil con las pegas (nombre con el que se conoce a las urracas en Galicia).
Así que, buscamos un bar y paramos, mientras hacíamos tiempo, a tomarnos un café. En el bar, nuestra tertulia, cómo siempre, estuvo amenizada por recuerdos de aquellos lances imborrables, de añoranzas de excelentes pájaros que ya no estaban y sobre todo, de futuros retos para la próxima temporada de caza. ¡Que ganas de Cetreria teníamos en aquellos tiempos!.
De nuevo, nos pusimos en marcha. Preparamos nuevamente a Zorba y nos dispusimos a carrilear en busca de un lance. Apenas nos habíamos desplazado, cuándo al salir de una curva, vimos, por nuestro lado izquierdo un pequeño grupo de urracas. Éstas, afanosamente, buscaban comida en las tierras labradas. Entre unas viñas y una sembrado de maíz, acabábamos de encontrar a la que podía convertirse en nuestra primera presa. Con mi cuerpo, tapé al azor para impedir que se debatiera al verlas. Una debatida, aún en el interior del coche, podía alertar a las urracas de nuestras intenciones. Nos pareció el lance ideal. Así que, las sobrepasamos, con intención de invertir el sentido de marcha y situar la ventanilla por el lado bueno. Resultaba mucho más cómodo lanzar del mismo lado en que se encontraban las urracas. Ya casi a su altura, solté las pihuelas y permití al azor que pudiera verlas. Sin dudarlo, con el coche en marcha, salió a través de la ventanilla como un tiro. Escogió a una del grupo y cuando parecía que ya la había trabado, ésta se escurrió de entre sus manos, cómo sólo saben hacer estos endemoniados bichos. Pese al recace y a la dura persecución del azor, la urraca alcanzó a refugiarse en unos grandes árboles. No recuerdo exactamente nuestras palabras, pero creo que no dejamos ningún santo sin maldecir. Tal era nuestro cabreo por lo cerca que habíamos visto la captura. ¡Que lástima!. Habría sido su primera presa y una excelente lección para la pájara. Baje del coche y volteando el señuelo recuperé a mi azor. Abrí el maletero y de un salto, Zorba, se introdujo en él.
No parábamos de lamentarnos. Tras unos pocos minutos y todavía con la miel en los labios, nos dispusimos a buscar el segundo lance, el que daría el bautismo definitivo a Zorba.
Decidimos alejarnos del lugar. Sabíamos que los gritos de alarma de aquellas urracas, habrían dejado todo aquel entorno sin una sola urraca a tiro. Así que, nos dirigimos esta vez hacia Vilaboa, el siguiente pueblo, apenas nos  separaban unos pocos kilómetros.
Al llegar, saqué al azor del maletero, estaba ansioso y sin duda, yo más. Me senté rápidamente en el coche y baje la ventanilla. Abandonamos  la carretera y buscamos las pistas que dan acceso a los pequeños sembrados, que dan forma a todo aquel paisaje. Apenas habíamos iniciado nuestra búsqueda, cuándo escuchamos unos insistentes graznidos y nos fuimos a su encuentro. Me puse tenso, nervioso, con mis dedos apreté las pihuelas. Las cosas no estaban saliendo bien y me podía la responsabilidad de no fallarle a mi pájara. Tenía que conseguirle su primera presa. Con precaución, siguiendo aquellos insistentes graznidos no tardamos en localizarlas, sólo había dos. Nos acercarnos lo más posible, solté pihuelas y  la pájara atacó fortísimo. En seguida se puso a cola de una de las urracas. Ésta, pese a llevar el azor pegado al culo, sin dudarlo, cuando la iba a liar, buscó refugio en unas matas del suelo. Una pequeña franja de retamas, que recorrían el linde del labrado, había puesto fin a aquella persecución. Allí, ambos se zambulleron y literalmente desaparecieron. Bajamos corriendo del coche, convencidos de disfrutar de nuestra primera victoria. Pero al llegar, pudimos comprobar, con decepción, que Zorba sólo tenía entre sus garras un manojo de hierbas. Todavía con la adrenalina a mil, subí la pájara al guante. Buscaba darle una posición ventajosa, así podría ver claramente la huida de la presa. Sin más, nos dispusimos a levantar a la urraca de aquel escondite. Zorba, había atacado con muchísima fe y se merecía esa pieza. Pepe comenzó a pisar y patear aquellas densas matas. Mientras yo, azor en puño, mantenía una distancia prudencial, para poder ver claramente la salida de la presa. En cualquier momento podría salir, la habíamos visto entrar, por lo tanto no teníamos la menor duda, tenía que estar allí. Recorrimos las matas de principio a fin, pero la urraca no asomó. Pensamos que la habríamos dejado atrás y volvimos sobre nuestros pasos, pateando, pisando minuciosamente todas y cada una de las retamas. Ahora, yo también participaba. Lo cierto es que, pese a nuestra insistencia, la urraca seguía sin aparecer. Se la había tragado la tierra. No nos lo podíamos creer, no habíamos sido capaces de dar con el paradero de la maldita urraca. ¿Cómo demonios podía haber abandonado la herida sin que nos hubiéramos percatado?. Resultaba increíble, pero esa era la cruda realidad y acabamos por rendirnos. Encima, cómo colmo de males, no llevábamos ninguna urraca. Hubiera sido muy adecuado hacerle un escape allí mismo y premiar su buen hacer…. Finalmente, molestos, decidimos dar la jornada de caza por finalizada.
En aquellos años acostumbrábamos a entrenar a nuestros azores utilizando “palomas pestañeadas”. Esto los musculaba mucho, pues los obligaba a realizar fuertes ascensiones, casi verticales. Estas escaladas sin parar de batir alas, acondicionaban perfectamente la musculatura  de aquellos azores que destinábamos a la caza de gaviotas y cornejas. Estas aves usan la rápida ascensión, como estrategia para eludir el ataque del predador y si éste no está fuerte enseguida abandona.
Llevaba una paloma en el coche, casi siempre lo hago por cualquier imprevisto que pueda surgir. Al pasar a la altura de un gran prado, nos miramos y nos pareció un lugar ideal para echarle aquella paloma. Pestañearla y cebar a Zorba tras el esfuerzo.
Al fondo, una línea de grandes árboles delimitaban las orillas de un pequeño río que cruzaba aquellas tierras.
 Detuvimos el coche y preparamos la paloma. Caminamos hasta medio prado y mientras que yo, de espaldas, tapaba al azor con mi cuerpo. Siempre lo hacíamos así. Pepe, con fuerza, la impulsó al aire. Cuándo la paloma ya había ganado una buena altura, me dio la grita de aviso. Inmediatamente me giré y solté. Durante unos segundos disfrutamos, viendo cómo el azor escalaba el aire, metro a metro ganaba la ventajosa posición de la paloma. No tardó en alcanzarla.
La paloma había pagado nuestra frustración del momento, creo que de alguna manera nos sirvió de válvula de escape.
Zorba, ya conocía este tipo de escapes, llevaba ya unos cuántos, formaban parte de nuestras rutinas habituales de adiestramiento.
Debido a la considerable altura a la que había trabado a la paloma, la trayectoria de descenso le alejó bastante de nosotros. Fue a caer hacia el río y rápidamente desapareció entre aquella masa de arboles. Cerramos el coche y tranquilamente nos dirigimos hacia allí. No tardamos demasiado en alcanzar su posición.
Nada más llegar, sentimos el tintineo de sus cascabeles, era evidentemente que estaba por allí, pero todavía no alcanzábamos a verla. El sonido, si nos indicó que estaba en la orilla opuesta del rio. Así que, aunque no llevaba mucho caudal de agua, buscamos una zona que nos permitiera vadear el rio y evitar el tener que mojarnos. Cuando finalmente alcanzamos la otra orilla, comenzamos a escuchar a la par que los cascabeles, unos graznidos quejosos, agónicos, no acertábamos a saber de que podía tratarse. No nos resultaba fácil avanzar por medio de aquellas zarzas. Pepe, que se había adelantado, fue el primero en encontrar al azor y desde allí, riéndose, me alentaba a que me apresurara en llegar. Yo no entendía el motivo de sus risas pero él tampoco me daba ninguna explicación. Cuando llegué a su altura, todavía me resultó más extraño todo aquello. El azor estaba a unos dos metros de nosotros, en medio de un pequeño claro, rodeado de zarzas que nos impedían ver con claridad. Pero, lo poco que alcanzamos a ver, era que el azor estaba pelando, pero pelaba plumas blancas y negras, cuando la paloma que le habíamos lanzado era de color marrón. Continuamos avanzando y ya a su altura, atónitos, pudimos apreciar que aquellas plumas eran de una urraca. ¡Tenía una urraca entre sus manos!. Pero, todavía había más sorpresas, entre sus manos también estaba la paloma, nuestra paloma marrón. Quedamos estupefactos. Comenzamos a reírnos, nerviosamente, sin parar, no entendíamos nada. Llevábamos toda la tarde, dando vueltas, intentando cazar una urraca, sin éxito y ahora teníamos delante a Zorba, con una urraca todavía viva, entre sus manos. Nos mirábamos perplejos sin poder encontrar una explicación lógica a todo aquello.
En que momento del vuelo se cruzó  la urraca para que pudiera trabarla o si  fue en el suelo, cuándo la incauta urraca se acercó demasiado….¡Nunca lo supimos!.
Recuerdo que, ya en el coche, le comenté a Pepe que aquello que había sucedido era tan inaudito, que de no haberlo vivido junto a él, no lo hubiera podido contar jamás. Quién se iba a creer aquella historia.
Lo cierto es que seguirá siendo una de las anécdotas más extraña y más curiosa de cuántas  me sucedieron a lo largo de mi vida cómo cetrero. Más que un lance, sin duda aquello, fue un auténtico expediente X.
UN SALUDO Y BUENOS VUELOS.

Comentarios (2)

  1. Antonio

    Muy buen relató, si me gusto…

  2. Miguel Reyes Ruiz

    Precioso, una narracion genial!!!

Comentarios cerrados